Joan BarrilPeriodistaAhora no se llevan las lenguas clásicas. Pero en el griego antiguo está el origen de todo, las primeras palabras, los significados más esclarecedores. De ahí que lo más fascinante de un salón de filatelia no sea ni la palabra salón ni las estampillas que adornan las cartas. Lo verdaderamente poético es la etimología de la palabra filatelia, de filos y telos, «amigo de la distancia», podríamos traducir. Y ayer, a eso de la una, los amigos de la distancia se congregaron frente a la catedral para presentar el último sello de la Fábrica Nacional de la Moneda y del Timbre. Un sello dedicado a la moda española y que servirá para vestir las pocas cartas autógrafas que, en tiempos de Facebook y de e-mails, todavía forman parte de los cimientos sentimentales de unos cuantos.
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Información publicada en lapágina 35 de la sección de cv Gran Barcelona de la edición impresa del día 16 de octubre de 2010VER ARCHIVO (.PDF)
¿Qué haremos de ahora en adelante con la lengua que hasta ahora servía para pegar el sello? ¿Qué nuevas pulsiones acumulatorias sustituirán al sello? Hablo con uno de los vendedores frente a álbumes repletos de billetes de banco por estrenar. Imagino el momento en el que alguien cambia de sofá en su casa, y por las rendijas de los almohadones del sofá antiguo aparecen monedas y billetes que ayer eran dinero y que hoy son sólo numismática. «Mire, eso del coleccionismo de sellos y de monedas es lo mismo que hacen los niños con los cromos. Es coleccionismo para gente adulta». En realidad hay en este mundo un afán de tenerlo todo de todo. También el último sello dedicado a la moda española.
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Piquete con pancarta
3 «¿Y las chapas del cava?» «Mire usted: hemos llegado ya a las 6.000 chapas de cava español. Pero es evidente que no hay 6.000 cavas. A veces pienso que hay cavistas que valoran más el envase que el vino que contiene». Lo bueno del coleccionismo es que lo primero que se coleccionan son amistades y conversaciones. Hace unos minutos sólo éramos dos. Ahora la tertulia la formamos seis personas, todas con ganas de ilustrar al profano. «Esto se acaba», dice el agorero de turno. «De vez en cuando voy a las subastas de sellos y el más joven tiene 65 años». Los dedos de los coleccionistas son finos como los de un cirujano. Tocan las piezas como si acariciasen alas de mariposa. Incluso el delegado de Correos, el señor Reyes, pronuncia un discurso comedido y aterciopelado. Frente a él, en completo silencio, un piquete de Comisiones Obreras de Correos abre una pancarta en la que se niegan al inmimente apagón postal. En ese clima monacal suenan las campanas del templo cercano y entre unos cuantos nos preguntamos qué extraña pulsión nos lleva a considerar que el valor de cambio de un único sello sea muchísimo más caro que el valor de uso que figura en un ángulo de la estampa adhesiva.
«¿Se acuerda usted cuando se decía que un sello de Franco puesto al revés constituía un delito desacato?» Hoy los «amigos de la distancia» tienen trabajo para ilustrar a sus nietos en la grandeza del correo postal. El sello está acorralado. El correo electrónico acaba con él. Incluso el franqueo de las cartas depositadas en Correos acaban llegando con la huella de un tampón. Pero el valor especulativo también se ve maltrecho. ¿O es que acaso alguien puede olvidar que el último gran escándalo financiero español, el del Fórum Filatélico, se produjo en torno a esos humildes rectángulos de papel.
El apagón postal no llegará por un decreto, sino por una lenta e implacable extinción de los estímulos del tacto, del aroma, de la vista y de la ilusión de una carta que ha pasado por muchas manos para que llegara a las nuestras.

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